Principal | Política | Económica | El verdadero mundo de La Farmacia

El verdadero mundo de La Farmacia

Tamaño de la fuente: Decrease font Enlarge font
image

La industria farmacéutica, es hoy una de las más formidables y prósperas del mundo. Entre las causas de este inmenso poder cabe distinguir dos de muy diversa índole: la primera es el acceso a la cultura escrita de masas ingentes hasta hace un siglo confinadas en la cultura oral; y la segunda es la conquista de extensos y crecientes campos de materia médica gracias a los progresos de las ciencias químicas y asimiladas.

Por esta causa bifronte, ya que ambas se articulan en una sola, la industria farmacéutica pasa rápidamente de ser una biología aplicada a constituirse en una química aplicada.

El negocio es redondo. Por un lado, la fe ingenua de las masas en “la medicina”, “el frasco”, que garantiza la demanda; por otra un Estado sea el que sea -que, para evitar mayores males, paga la cuenta, y a otra-, y por un tercer lado, la dificultad, la casi imposibilidad de analizar los costos objetivos de productos nuevos, cuyos componentes y reacciones químicas no son precisamente de la mayor diafanidad.

La prosperidad de las grandes casas de farmacia es, pues, segura y fuerte.

Explotan, en efecto, un aspecto de la vida humana que parece fuerza y es flaqueza: la tendencia en el ser humano a ejercer todo el poder que tiene a su alcance. En otros tiempos, el dolor, por mucho que torturase, había que aguantarlo. Hoy echa uno mano de un analgésico; y así se cuenta de aquella niña americana que dudaba si tomar un somnífero e irse a la cama o una píldora de cafeína e irse a un cabaret. Jamás en la historia humana ha habido más drogas al alcance de más personas para satisfacer más deseos. Que al correr de los años la niña americana llegue a la menopausia hecha un trapo es cosa en que nadie piensa. El caso es que la industria prospere.

Por este camino se va a la formación de grandes oligopolios, ya que los ingresos de las casas más fuertes permiten la compra de las casas menores: y así se ha visto la adquisición de tantas firmas francesas, inglesas y españolas por grandes empresas americanas. ¿Qué importa?, se dirá. En lo económico todo depende de cómo se haga el traspaso, y de sus consecuencias sobre la economía del país vendedor, de modo que la respuesta queda abierta, aunque sospecho que el proceso de enajenación de industrias nacionales tiene que redundar en perjuicio de la nación que las decapita o deja decapitar; pero quizá presente la cosa aspectos todavía peores.

Puede darse el caso, y me aseguran que se ha dado en Francia (país, dicho sea de paso, cuya farmacopea suele ser excelente) de un específico de gran virtud curativa, que de pronto venga a desaparecer del mercado. La casa que lo produce ha pasado a manos de otra norteamericana, y el producto desaparece porque no conviene a la nueva casa propietaria importadora de un específico rival. Como razón se dice en las farmacias que no se vendía, siendo así que, puesto que con el tambor de la publicidad se venden hasta medicamentos inútiles, por no decir nocivos, ¿Cómo no se iba a vender uno de probada y brillante eficacia?

La situación no es nada buena y por tanto es bueno irla analizando. Para hacerlo a fondo me faltan la competencia y el tiempo. Pero podía permitírseme que apuntara algunas observaciones.

El primer mal es una orientación errónea de la enseñanza de la medicina. Con muy contadas excepciones, las Facultades de Medicina enseñan la enfermedad y cómo curarla en vez de enseñar la salud y cómo mantenerla. El enfermo es el que va al médico. Nunca el sano.
Ejemplo, y lo doy sabiendo que me meto en un avispero: La industria de las pastas dentífricas es totalmente inútil. Los elixires pueden ser buenos y los hay excelentes. Pero el mejor modo de conservar la dentadura es enjuagarse y frotarse dientes y encías con agua oxigenada, cuyo oxígeno naciente penetra allí donde la pasta obturaría los accesos.

Otro ejemplo. El noventa por ciento de los cosméticos femeninos es inútil, por no decir perjudicial. Aquí de la copla. “¿Con qué te lavas la cara que tan rebonita estás?” “Me lavo con agua clara y Dios hace lo demás.” La mujer que teme llegar a un estado tal que Dios se declara impotente, no hace más que anticipar el momento fatal negándole al cutis natural su respiración natural mediante capas de grasa animal o vegetal que el cutis detesta. En una de esas tiendas de falsificación femenina, estaba comprando botes y más botes de ungüentos y mejunjes una hermosa (ya en peligro de impotencia divina) cuando su acompañante y presunto “pagano” murmuró al oído de la vendedora: “Por Dios, que sea de buena calidad, que luego me lo tengo yo que comer todo.”

Todo esto es tortas y pan pintado si se compara a las tremendas tragedias humanas que producen preparados químicos lanzados al mercado farmacéutico sin la experimentación suficiente para asegurar al que los consume contra posibles consecuencias desastrosas. La tragedia de los millares de jóvenes de ambos sexos que tienen que vivir sin brazos o sin piernas porque sus madres embarazadas de ellos, por mero querer quitarse un insomnio, tomaron thalidomida, es conocida. Hay otras no menos terribles, pero menos conocidas.
Aquí apunta un remedio quizá heroico, quizá también necesario. Ese período de experimentación que falta en algunos casos de productos químicos, y quizá falte en muchos más, nuestros antepasados se lo impusieron por instinto y tradición a las plantas. En el curso de los siglos, los pueblos humanos fueron cribando lo venenoso de lo alimenticio y ambos, de lo medicinal. En general, la salvación de la farmacia sería el retorno a la herbolaria. Esto hace sentido además porque es evidente que lo que se ingiere para curarse ha de ser del mismo tipo que lo que se ingiere para alimentarse.

No dejaría de ser esta labor obra predestinada para los herbolarios españoles. España es uno de los países más ricos en especies vegetales. Si la farmacia española concibiera su labor como un retorno sistemático al remedio herbalista, quizá consiguiera mejorar no sólo la salud del pueblo, sino también el balance de pagos.
El remedio se da de bruces contra el prejuicio y la costumbre. La mayoría de los médicos mira con recelo a los herbolarios y aun el vocablo mismo ha sido objeto de cierto menosprecio.

Cosas de viejas. El que tal piensa, lea nuestros cronistas de Indias y descubrirá cuantos remedios, alimentos y venenos tenían ya bien catalogados los indo-americanos en su tradición, y todo eso de “la píldora” se lo sabían de memoria las indias del Amazonas cuando por allí anduvo Humboldt y, por lo tanto, muchos siglos antes. La ventaja de los remedios vegetales tradicionales es que llevan el marchamo de los siglos -lo que nuestros remedios químicos no llevan porque se aplican a toda prisa. Remedios hay, como la aspirina, que sólo empieza a revelar sus peligros ya pasada una generación entera de su uso.

¿Por qué tanta prisa? Por esa ingenua vanidad de estar al día que aflige a algunas profesiones, la médica en particular. No basta con que un remedio sea bueno. Ha de ser moderno. Y aquí radica el peligro; porque es posible que el remedio nuevo quite una molestia a costa de provocar siete u ocho más. Y ésta sí que es molestia mala de curar, porque todo lo concerniente al organismo requiere no solo tiempo, así, en abstracto, sino su tiempo, cada cual y cada cosa el suyo.
En suma, se trata de reforzar el aspecto científico de la farmacia; lo cual no quiere decir nada que evoque probetas y peroles, alambiques y ondas hertzianas, sino experiencia. Ésta es la razón por la que me inclino a la terapéutica homeopática, que me ha parecido ser, desde que la estudié hace medio siglo, el sistema más científico de curar.

Adicionar a: Add to your del.icio.us del.icio.us | Digg this story Digg

Comentarios (0 Publicado):

Envie sus comentarios comment

  • email Email a un amigo
  • print Imprimir version
  • Plain text Texto plano
Etiquetas
Puntue el articulo
3.67